—Soy Jason Compson —dijo, con la voz tan ronca y espesa que tuvo que repetirse. —Jason Compson —dijo, controlando la voz—. Tenga un coche listo, con un ayudante, si usted no puede ir, en diez minutos. Estaré allí... ¿Cómo? Robo. En mi casa. Sé quién... Robo, digo. Tenga un coch... ¿Cómo? ¿No es usted un agente de la ley pagad... Sí, estaré allí en cinco minutos. Tenga ese coche listo para salir inmediatamente. Si no lo hace, se lo informaré al gobernador.
Volvió a colgar el auricular y cruzó el comedor, donde la comida apenas empezada yacía fría sobre la mesa, y entró en la cocina.
Dilsey estaba llenando la bolsa de agua caliente.
Ben estaba sentado, tranquilo y vaciado. A su lado, Luster parecía un perro ratonero, con una vigilancia vivaz. Estaba comiendo algo.
Jason siguió atravesando la cocina.
—¿No vas a desayunar? —dijo Dilsey.
Él no le hizo caso.
—Anda a desayunarte, Jason.
Siguió de largo. La puerta de la calle se cerró de golpe tras él. Luster se levantó, fue hasta la ventana y miró hacia afuera.
—Uju —dijo—, ¿qué está pasando ahí arriba? ¿Le habrá estado pegando a la señorita Quentin?
—Cállate la jeta —dijo Dilsey—. Como pongas a Benjy a jorobar otra vez, te rompo la crisma. Tenlo lo más callado que puedas hasta que vuelva, ¿oyes?