—Dónde está ella to’as las mañanas de domingo —dijo Dilsey—. ¿Qué te ha dao estos últimos días, a to’ esto?
—Bueno, vamos a cambiar todo eso —dijo Jason—. Sube a decirle que el desayuno está listo.
—Déjala en paz ahora, Jason —dijo Dilsey—. Ella se levanta a desayunar toítas las mañanas de la semana, y Cahline la deja quedarse en la cama toítas las domingas. Eso bien que lo sabes tú.
—No puedo mantener una cocina llena de negros para atender a sus caprichos, por mucho que quisiera —dijo Jason—. Ve y dile que baje a desayunar.
—No hay que esperarla —dijo Dilsey—. Yo le pongo el desayuno en la hornilla y ella...
—¿Me has oído? —dijo Jason.
—Te oigo —dijo Dilsey—. Todo lo que oigo, cuando estás en la casa. Si no es Quentin o tu mamá, son Luster y Benjy. ¿Por qué dejas que siga de ese modo, señorita Cahline?
—Más te vale hacer lo que dice —dijo la señora Compson—, él es la cabeza de la familia ahora. Es su derecho exigir que respetemos sus deseos. Yo intento hacerlo, y si yo puedo, tú también puedes.
—No tiene sentido que sea tan malhumorado como para hacer que Quentin se levante solo para complacerlo —dijo Dilsey—. Tal vez creas que fue ella la que rompió esa ventana.
—Ella lo haría, si se le ocurriera —dijo Jason—. Ve y haz lo que te mandé.
“No la culparía en lo más mínimo si lo hiciera”, dijo Dilsey, yéndose hacia las escaleras. “Con usted fregándole la paciencia todo el bendito