Ben sollozó en silencio.
–Vamos –dijo Dilsey–. Nos pueden alcanzar. Vamos a oír el canto.
Rodearon la casa, hacia la puerta de la cerca.
–Chitón –decía Dilsey de vez en cuando mientras bajaban por el camino de entrada.
Llegaron a la puerta de la cerca. Dilsey la abrió. Luster venía bajando por el camino detrás de ellos, llevando el paraguas. Una mujer iba con él.
–Aquí vienen –dijo Dilsey.
Salieron por la puerta. –Ahora pues –dijo ella. Ben se calló.
Luster y su madre los alcanzaron. Frony llevaba un vestido de seda azul brillante y un sombrero floreado. Era una mujer delgada, de rostro plano y agradable.
—Tienes seis semanas de trabajo ahí mismito en tu espalda —dijo Dilsey—. ¿Qué vas a hacer si llueve?
—Va a mojarse, creo —dijo Frony—. Yo nunca he podido parar la lluvia todavía.
—Mamá siempre está diciendo que va a llover —dijo Luster.
—Si no me preocupo por ustedes, no sé quién lo va a hacer —dijo Dilsey—. Vengan, ya vamos tarde.
—El reverendo Shegog va a predicar hoy —dijo Frony.
«¿Es? —dijo Dilsey—. ¿Quién es él?».
—Vino de San Luis —dijo Frony—. Ese gran predicador.