Codal
nydus/The Sound and the FuryPublic
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2 de junio de 1910

paredes Señora, su hija, si me hace el favor. No. Señora, por el amor de Dios, su hija. Ella caminaba justo debajo de mi codo, con sus trencitas brillantes y tensas, y entonces la última casa se quedó atrás y el camino doblaba fuera de la vista más allá de un muro, siguiendo el río. La mujer salía por la puerta rota, con un chal sobre la cabeza y apretado bajo la barbilla. El camino seguía curvándose, vacío. Encontré una moneda y se la di a la niña. Un cuarto de dólar. > «Adiós, hermana», le dije. Entonces eché a

Corrí deprisa, sin mirar atrás. Justo antes de que el camino se desviara, miré atrás.

Ella estaba de pie en el camino, una pequeña figura que apretaba la hogaza de pan contra su sucio vestidito, con los ojos quietos, negros y sin parpadear.

Seguí corriendo.

Un carril se desviaba de la carretera. Entré en él y al cabo de un rato reduje la marcha a un paso rápido. El carril discurría entre patios traseros —casas sin pintar con más de aquellas alegres y llamativas prendas de colores colgadas en cuerdas, un granero de lomo arqueado, decayendo silenciosamente entre árboles frutales silvestres, sin podar y ahogados por las malas hierbas, rosados, blancos y rumorosos de luz solar y de abejas. Miré atrás. La entrada del carril estaba vacía. Reduje aún más la marcha, mi sombra marcándome el paso, arrastrando la cabeza entre las malas hierbas que ocultaban la valla.

El camino terminaba en una cancela con tranca, moría entre la hierba, un mero sendero marcado en silencio sobre la hierba nueva.

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