“Es una muchacha —dice—, es una muchacha. Le pedí prestado algo de dinero a una muchacha. Tengo que devolvérselo. Jason, dádselo. Por favor. Haré lo que sea. Lo necesito. Mamá os pagará. Le escribiré para que os pague y para decirle que no volveré a pedirle nada más. Podéis ver la carta. Por favor, Jason. Lo necesito”.
—Dime para qué lo quieres, y ya veré —le digo—. Dime.
Ella se quedó allí plantada, con las manos frotándose contra el vestido.
—Muy bien —le digo—, si diez dólares te parece muy poco, me lo llevaré a casa para mamá, y ya sabes lo que le pasará entonces. Claro que, si eres tan rica que no necesitas diez dólares...
Se quedó allí, mirando al suelo, como mascullando algo para sus adentros.
“Ella dijo que me enviaría algo de dinero. Dijo que envía dinero aquí y ustedes dicen que no envía nada. Dijo que ha enviado mucho dinero aquí. Dice que es para mí. Que es para que yo tenga una parte. Y ustedes dicen que no tenemos dinero”.
—Tú sabes de eso tanto como yo —digo—. Ya has visto lo que les pasa a esos cheques.
“Sí —dice—, mirando al suelo.
—Diez dólares —dice—, diez dólares”.
—Y más te vale dar gracias a las estrellas de que sean diez dólares —digo—. Toma —digo.
Puse el giro postal boca abajo sobre el escritorio, apoyando la mano encima—. Fírmalo.