Entonces mamá lloró y él se fue. Bajó y luego oí el aparador. Me desperté y lo oí bajar otra vez. Mamã se había dormido o algo así, porque por fin la casa estaba en silencio. Él también intentaba estar en silencio, porque no se le oía, solo el borde de su camisón y sus piernas desnudas frente al aparador.
Dilsey arregló la cuna y la desvistió y la acostó en ella. Nunca se había despertado desde que él la había traído a la casa.
—Casi está demasiado grande pa pegarle —dice Dilsey—. Ya está. Voy a tender un colchón mismamente cruzando el pasillo, pa que no tengas que levantarte en la noche.
—No voy a dormir —dice mamá—. Vete tú a casa. A mí no me importa. Estaré encantada de dedicar el resto de mi vida a ella, con tal de poder evitar—
—Callate, ahora —dice Dilsey—. Vamos a cuidarla. Y vete a la cama tú también —le dice a mí—, tienes que ir a la escuela mañana.
Así que salí, luego mamá me llamó de vuelta y lloró sobre mí un rato.
—Eres mi única esperanza —dice—. Todas las noches le doy gracias a Dios por ti. Mientras esperábamos allí a que empezaran, ella dice Gracias a Dios que si tenían que llevarse a otro, hayas sido tú el que me queda y no Quentin. Gracias a Dios que no eres un Compson, porque todo lo que me queda ahora eres tú y Maury y yo digo, Bueno, por mí al tío Maury lo habrían podido dispensar. Bueno, él seguía dándole palmaditas en la mano con su guante negro, hablándole sin mirarla. Se los quitó cuando le llegó el turno de la pala. Se acercó de los primeros, donde sostenían los paraguas sobre ellos, zapateando de vez en cuando e intentando sacudirse el barro de los pies y