«Oh, estoy loca —dice—, estoy de la cabeza. No la soporto. Quédatela. En qué estaré pensando. Jason —dice, agarrándome del brazo. Sus manos quemaban como la fiebre.
—Tendrás que prometer que cuidarás de ella, que... Es de tu familia; tu propia carne y sangre. Promételo, Jason. Llevas el nombre de padre: ¿crees que tendría que pedírselo dos veces? ¿ni una sola vez?
—Eso es verdad —digo—, algo me dejó. ¿Qué quieres que haga —digo—, que me compre un delantal y un carrito de niño? Yo nunca te metí en esto —digo—. Yo corró más riesgos que tú, porque tú no te juegas nada. Así que si esperas...
“No”, dice ella, y entonces se echa a reír y trata de contener la risa al mismo tiempo. “No. No me juego nada”, dice, emitiendo ese sonido, llevándose las manos a la boca, “N-n-nada”, dice.
—Mira —le digo—, ¡déjate de eso!
“Es‑estoy intentándolo”, dice, tapándose la boca con las manos. “Ay Dios, ay Dios”.
—Me voy de aquí —digo—, no me pueden ver aquí. Lárgate de la ciudad de una vez, ¿oyes?
«Espera —dice, cogiéndome del brazo—. He parado. No volveré a hacerlo. ¿Lo prometes, Jason? —dice, y yo sintiendo sus ojos casi como si me tocaran la cara—: ¿Lo prometes? Mamá... ese dinero... si a veces necesita cosas... Si te envío cheques para ella, otros además de esos, ¿se los darás? ¿No se lo dirás? ¿Procurarás que tenga cosas como las demás chicas?».
—Seguro —le digo—, siempre y cuando te portes bien y hagas lo que te digo.