cuarenta y cinco minutos antes de que nadie más que yo esperara que ella saliera. Así que cuando eché un vistazo por la puerta lo primero que vi fue la corbata roja que llevaba puesta y estaba pensando qué clase de demonios de hombre usaría una corbata roja. Pero ella venía furtiva por el callejón, mirando la puerta, así que no estaba pensando nada en él hasta que hubieron pasado.
Me preguntaba si me tendría tan poco respeto como para no solo irse de la lengua cuando le dije que no lo hiciera, sino pasar camuflada justo por delante de la tienda, retándome a no verla.
Solo que ella no podía ver hacia adentro de la puerta porque el sol daba de lleno y era como intentar mirar a través del foco de un automóvil, así que me quedé allí y la vi seguir de largo, con la cara pintada como la de un maldito payaso y el pelo todo pegoteado y retorcido y un vestido que si una mujer hubiera salido a la calle, incluso por la calle Gayoso o Beale cuando yo era un muchacho, con no más que eso para cubrirse las piernas y el trasero, la habrían metido en la cárcel.
Me condenen si no se visten como si intentaran que cada hombre con el que se cruzan en la calle quisiera estirar la mano y ponérsela encima.
Y entonces estaba pensando qué clase de maldito hombre llevaría una corbata roja cuando de repente supe que era uno de esos artistas de farándula tan claro como si ella me lo hubiera dicho.
Bueno, yo puedo aguantar mucho; si no pudiera, que me tocase la lotería si no estuviera en un apuro de mil demonios, así que cuando doblaron la esquina salté y los seguí. Yo, sin sombrero ni nada, en plena tarde, teniendo que corretear por callejones de arriba abajo por culpa del buen nombre de mi madre.