estaba tumbado a su lado, suplicándole que lo ayudara, luego volvió a pensar en el dinero, y en que una mujer, una chica, le había ganado la partida. Si al menos pudiera creer que había sido el hombre quien lo había robado. Pero haber sido despojado de aquello que iba a compensarlo por el empleo perdido, que había conseguido con tanto esfuerzo y riesgo, por el símbolo mismo del empleo perdido, y lo peor de todo, por una zorra de muchacha. Siguió conduciendo, protegiéndose la cara del viento constante con la solapa del
Podía ver las fuerzas opuestas de su destino y su voluntad acercándose con rapidez ahora, hacia una confluencia que sería irrevocable; se volvió astuto.
No puedo cometer un error, se dijo.
Solo habría una cosa correcta, sin alternativas: tenía que hacer eso. Creía que ambos lo reconocerían a primera vista, mientras que él tendría que confiar en verla primero, a menos que el hombre todavía llevara la corbata roja. Y el hecho de que tuviera que depender de esa corbata roja parecía ser la suma del inminente desastre; casi podía olerlo, sentirlo por encima de los latidos de su cabeza.
Coronó la última colina. Había humo en el valle, y tejados, una o dos agujas por encima de los árboles.
Bajó la colina y entró en el pueblo, reduciendo la velocidad, recordándose de nuevo la necesidad de ser cauto, de averiguar primero dónde estaba instalada la carpa. Ahora no veía muy bien, y sabía que era el desastre el que seguía diciéndole que fuera directamente a buscar algo para su cabeza.
En una gasolinera le dijeron que la carpa aún no estaba montada, pero que los autos de exposición estaban en una vía muerta en la estación. Condujo hasta allí.