“Ahora súbete a ese tren como prometiste”, le digo. Podía verla corriendo detrás de nosotros por la ventanilla trasera. “Arre otra vez”, le digo, “Vámonos a casa”. Cuando doblamos la esquina, ella todavía seguía corriendo.
Y así volví a contar el dinero esa noche y lo guardé, y no me sentí tan mal.
Digo, creo que eso les va a enseñar. Creo que ahora sabrán que no pueden quitarme un trabajo y salirse con la suya.
Jamás se me ocurrió que ella no cumpliría su promesa y tomaría ese tren. Pero entonces yo no sabía mucho sobre ellas; no tenía más juicio que el de creer lo que decían, porque a la mañana siguiente maldita sea si no entró derechita a la tienda, solo que tuvo la decencia de usar el velo y no hablarle a nadie.
Era sábado por la mañana, porque yo estaba en la tienda, y ella se vino derechito hasta el escritorio donde yo estaba, caminando a paso rápido.
“Mentiroso —dice—, mentiroso”.
—¿Estás loca? —digo—. ¿Qué quieres decir?, ¿presentándote aquí de esta manera? Ella empezó a hablar, pero la atajé. Digo: —Ya me hiciste perder un trabajo; ¿quieres que pierda este también? Si tienes algo que decirme, nos vemos en alguna parte después del anochecer. ¿Qué es lo que tienes que decirme? Digo: —¿Acaso no hice todo lo que dije? Dije que la verías un minuto, ¿verdad? Bueno, ¿no la viste?