“Shh.” Dijo Luster. “Ya se lo va a devolver”.
Él me lo dio y me callé.
—Quién vino a verla anoche —dijo él.
—No sé —dijo Luster—. Vienen todas las noches que puede bajar de ese árbol. Yo no llevo la cuenta.
—Maldita sea si uno de ellos no dejó una huella —dijo.
Miró hacia la casa. Luego fue a recostarse en el columpio.
—Vete —dijo—. No me molestes.
—Ven para acá —dijo Luster—. Ya la has hecho buena. Ahora verás cuando la señorita Quentin acabe de ir con el chisme.
Fuimos hasta la cerca y miramos a través de los espacios curvos de las flores. Luster buscaba en el pasto.
“Lo tenía justo aquí”, dijo.
Vi la bandera ondear y el sol inclinarse sobre la hierba ancha.
“Ya vendrán otros al rato”, dijo Luster.
“Ya vienen unos ahora, pero se están alejando. Ven a ayudarme a buscarlo”.
Fuimos a lo largo de la cerca.
«Chit», dijo Luster. «¿Cómo voy a hacer que se acerquen aquí, si no vienen? Espera. Dentro de un minuto vendrá alguno. Mira allá. Ya vienen».
Fui a lo largo de la cerca, hasta la puerta, por donde las niñas pasaban con sus carteras de libros.