flacucha como un conejo, ambos desaliñados, inmóviles y sin impaciencia.
El tren giró en la curva, la locomotora resoplando con jadeos breves y pesados, y así desaparecieron suavemente de la vista, con ese aire suyo de paciencia andrajosa e intemporal, de serenidad estática: esa mezcla de incompetencia infantil y presta y de fiabilidad paradójica que cuida y protege a los que ama sin ningún tipo de razón y los roba sin pausa y elude la responsabilidad y las obligaciones por medios demasiado descarados como para llamarlos siquiera subterfugio y es cogida en el robo o la evasión con tan solo esa franca y espontánea admiración por el vencedor que un caballero siente por cualquiera que lo vence en buena lid, y a la vez con una afectuosa e infatigable tolerancia hacia los caprichos de los blancos como la de un abuelo con los niños impredecibles y molestos, que yo había olvidado.
Y todo ese día, mientras el tren serpenteaba entre desfiladeros vertiginosos y por cornisas donde el movimiento era solo el sonido esforzado del escape y las ruedas quejumbrosas y las montañas eternas permanecían desvaneciéndose en el cielo espeso, pensé en el hogar, en la estación sombría y el fango y los negros y la gente del campo apiñándose lentamente alrededor de la plaza, con monitos de juguete y carretas y caramelos en bolsas y bengalas romanas sobresaliendo, y mis entrañas se movían como solían hacerlo en la escuela cuando sonaba la campana.
No empezaría a contar hasta que el reloj diera las tres. Entonces empezaría, contando hasta sesenta y doblando un dedo y pensando en los otros catorce dedos que esperaban ser doblados, o trece o doce u ocho o siete, hasta que de repente me daba cuenta del silencio y de las mentes insomnes, y decía: «¿Señora?». —Te llamas Quentin, ¿verdad? —dijo la señorita Laura—.