puestos unos pantalones de franela míos, que le quedaban como un guante. No recordaba habérselos olvidado. Tampoco recordaba cuántas barbillas tenía la señora Bland. La chica más guapa iba también delante con Gerald. Me miraron a través de unos velos, con una especie de delicado horror. —¿A quién han detenido? —dijo Shreve—. ¿Qué es esto, agente?
“Gerald —dijo la señora Bland—, eche a toda esta gente. Súbase a este auto, Quentin”.
Gerald bajó. Spoade no se había movido.
—¿Qué ha hecho, Cap? —dijo—. ¿Robar un gallinero?
—Te lo advierto —dijo Anse—. ¿Conoces al prisionero?
—Lo conozco —dijo Shreve—. Mira una cosa...
«Pues entonces puedes venir a casa del hacendado. Estás obstruyendo la justicia. Anda, vamos».