saliendo a las puertas para mirarnos y más muchachos materializándose de ninguna parte hasta que, al doblar hacia la calle principal, formábamos todo un cortejo. Ante la farmacia había un auto, uno grande, pero no los reconocí hasta que la señora Bland dijo,
—¡Vaya, Quentin! ¡Quentin Compson! Entonces vi a Gerald y a Spoade en el asiento de atrás, sentado sobre la nuca. Y a Shreve. No conocía a las dos muchachas.
—¡Quentin Compson! —dijo la señora Bland.
—Buenas tardes —dije, levantándome el sombrero.
—Estoy bajo arresto. Siento no haber recibido tu nota. ¿Te lo dijo Shreve?
—¿Detenido? —dijo Shreve—. Perdone —dijo. Se incorporó a duras penas, pasó por encima de sus pies y salió. Llevaba