toda la casa de morralla. Pero ¿a qué se le ocurre dejar que ese maldito idiota la vea?
—Usted es un hombre frío, Jason, si es que es un hombre —dice—. Le doy gracias al Señor de que tengo más corazón que eso, aunque sea negro.
“Al menos tengo los pantalones bien puestos para mantener ese barril de harina lleno”, le digo. “Y si vuelves a hacer eso, tampoco vas a comer de él”.
Así que la próxima vez le dije que si volvía a meterse con Dilsey, mamá iba a despedir a Dilsey y mandar a Ben a Jackson y llevarse a Quentin e irse.
Se me quedó mirando un rato. No había ninguna farola cerca y no le veía mucho la cara. Pero podía sentir que me miraba.
Cuando éramos pequeños, cuando se enojaba y no podía hacer nada al respecto, el labio superior empezaba a tiritarle. Cada vez que le tiritaba se le veían un poco más los dientes, y durante todo ese tiempo se quedaba tan quieta como un poste, sin mover un solo músculo excepto el labio que se le subía cada vez más por los dientes.
Pero no dijo nada. Solo dijo:
—De acuerdo. ¿Cuánto?
—Bueno, si una mirada a través de la ventanilla de un coche de alquiler valía por cien —le digo.
Así que a partir de ahí se portó bastante bien, solo que una vez pidió ver un extracto de la cuenta del banco.
—Sé que tienen el aval de mamá —dice—, pero quiero ver el estado de cuenta del banco. Quiero comprobar por mí misma adónde van esos