que se quedaba pegado a las palas de modo que tenían que sacudirlo, produciendo un sonido hueco al caer sobre ella, y cuando di un paso atrás bordeando el coche de caballos pude ver detrás de una lápida, sacando otro trago de una botella. Pensé que nunca iba a parar porque yo también llevaba puesto mi traje nuevo, pero dio la casualidad de que todavía no había mucho barro en las ruedas, solo que Mamá lo vio y dice No sé cuándo volverás a tener otro y el tío Maury dice: «Ya, ya. No te preocupes por nada. Me tienes a mí para depender, siempre».
Y lo hemos hecho. Siempre. La cuarta carta era de su parte. Pero no hacía falta abrirla. Podría haberla escrito yo mismo, o recitársela de memoria, añadiendo diez dólares por si acaso. Pero tenía una corazonada con respecto a esa otra carta. Sentía que ya era hora de que volviera a hacer de las suyas. Aprendió bastante bien la lección después de aquella primera vez. Descubrió enseguida que yo era de otra calaña muy distinta a la de Padre.
Cuando empezaron a llenarlo hacia arriba, Madre se puso a llorar de verdad, así que el tío Maury se subió con ella y se marchó. Dice: Puedes venirte con alguien; les encantará llevarte. Tendré que llevarme a tu madre y yo pensé en decirle: Sí, tendrías que haber traído dos botellas en vez de una sola, solo que pensé en dónde estábamos, así que los dejé marchar.
Poco les importaba lo mojado que terminara, porque así Madre se lo pasaría pipa temiendo que me cogiera una pulmonía.
Bueno, me puse a pensar en eso y a verlos echarle tierra encima, dándole manotazos de todos modos como si estuvieran haciendo mezcla o algo así o levantando una cerca, y empecé a sentirme como raro y por eso decidí dar una vuelta un rato. Pensé que si iba hacia el pueblo me alcanzarían e intentarían obligarme a subir a uno de ellos, así que tiré de regreso hacia el