de que el mercado no hacía más que subir, con todo el maldito delta a punto de inundarse otra vez y el algodón arrancado de cuajo de la tierra como el año pasado. Deja que la cosecha de un hombre se arruine año tras año, mientras los de allá arriba en Washington se gastan cincuenta mil dólares al día manteniendo un ejército en Nicaragua o vete a saber dónde. Claro que se va a desbordar otra vez, y entonces el algodón valdrá treinta centavos la libra. Bueno, yo solo quiero golpearles una vez y recuperar mi dinero. No busco dar el gran golpe; en eso solo andan los tahúres de pueblo. Yo solo quiero que me devuelvan mi dinero, el que estos malditos judíos se han llevado con toda su información privilegiada garantizada. Luego habré terminado; me podrán besar los pies por cualquier otro centavo rojo mío que consigan.
Volví a la tienda. Eran casi las tres y media. Malditamente poco tiempo para hacer nada, pero ya estoy acostumbrado a eso. Nunca tuve que ir a Harvard para aprender eso. La orquesta había dejado de tocar. Ya los habían metido a todos adentro, y así no tendrían que gastar más aliento. Earl dice,
—¿Te encontró, eh? Estuvo aquí con esto hace un rato. Creí que estabas por el fondo o en algún lado.
—Sí —digo—, ya lo sé. No han podido ocultármelo en toda la tarde. El pueblo es demasiado pequeño. Tengo que irme a casa un momento —digo—. Puede descontármelo del sueldo si con eso se siente mejor.
—Adelante —dice—, ya puedo con esto. Espero que no sean malas noticias.
—Tendrás que ir a la oficina de telégrafos para averiguar eso —le digo—. Ellos tendrán tiempo de decírtelo. Yo no.
—Solo preguntaba —dice—. Tu madre sabe que puede contar conmigo.