—Shh —dijo Dilsey—. Shh, ya. Nos vamos en un minuto. Shh, ya. Él gimió bajita y firmemente.
Luster regresó, usando un sombrero de paja nuevo y rígido con una cinta de colores y llevando una gorra de tela.
El sombrero parecía aislar el cráneo de Luster, ante los ojos del observador como lo haría un foco, en todos sus planos y ángulos individuales.
Tan peculiarmente individual era su forma que a primera vista el sombrero parecía estar en la cabeza de alguien parado inmediatamente detrás de Luster.
Dilsey miró el sombrero.
—¿Por qué no te pones tu sombrero viejo? —dijo ella.
—No pude encontrarlo —dijo Luster.
—A que no podías. A que lo arreglaste anoche para no poder encontrarlo. Estás a punto de arruinar a ese.
—Ay, ma, mamá —dijo Luster—, si no va a llover.
—¿Cómo sabe? Vaya a buscar ese sombrero viejo y guarde ese nuevo.
—Ay, mami.
“Pos anda a buscar el paraguas.”
—Ay, mami.
—Escoge —dijo Dilsey—. Ponte el viejo sombrero o el paraguas. Me da igual cuál.
Luster fue a la cabaña.