—Quizás sabía que iba a ser niña —digo—, y que una más ya sería más de lo que podía soportar.
«Él podría haberla controlado», dice. «Parecía ser la única persona por la que ella sentía algún tipo de consideración. Pero supongo que eso también forma parte del juicio».
—Sí —digo —, qué lástima que no haya sido yo en vez de él. Estarías mucho mejor.
—Dices cosas así para lastimarme —dice ella—. Aunque me lo merezco.
Cuando empezaron a vender la tierra para mandar a Quentin a Harvard, le dije a tu padre que debía hacer una provisión igual para ti. Luego, cuando Herbert ofreció meterte en el banco, dije, ahora Jason está provisto, y cuando todos los gastos empezaron a acumularse y me vi obligada a vender nuestros muebles y el resto del potasio, le escribí enseguida porque dije, ella se dará cuenta de que ella y Quentin ya han tenido su parte y parte de la de Jason también, y que ahora depende de ella compensarlo.
Dije que ella haría eso por respeto a su padre. Lo creí, entonces. Pero solo soy una pobre anciana; me criaron para creer que la gente se sacrificaría por su propia carne y sangre. Es culpa mía. Tenías razón en reprochármelo.
—¿Te crees que necesito la ayuda de ningún hombre para sostenerme en pie? —digo—. Y mucho menos la de una mujer que no sabe quién es el padre de su propia criatura.
—Jason —dice ella.
—Está bien —digo—. No quise decir eso. Claro que no.