cuando me metí en el bosque estaba lleno de maleza y tuve que retorcerme para sortearla, y entonces llegué a una zanja llena de zarzas. Caminé junto a ella un buen rato, pero cada vez se ponía más y más espesa, y mientras tanto Earl seguramente llamando por teléfono a casa para ver dónde estaba y poniendo a mamá otra vez de los nervios.
Cuando al fin logré pasar, había tenido que dar tantas vueltas que tuve que detenerme a calcular exactamente dónde estaría el carro.
Sabía que no estarían lejos de él, justo debajo del arbusto más cercano, así que di media vuelta y avancé de regreso hacia el camino.
Luego no supe calcular a qué distancia estaba, así que tenía que detenerne y escuchar, y entonces, al no usar mis piernas tanta sangre, se me iba toda a la cabeza como si fuera a estallarme en cualquier momento, y el sol bajando justo al punto en que podía darme directo en los ojos y los oídos zumbándome de modo que no podía oír nada.
Seguí adelante, intentando moverme en silencio, y entonces oí un perro o algo así y supe que en cuanto me olfateara tendría que venir a toda carrera ladrando, y entonces todo se vendría abajo.
Se me había llenado el cuerpo de garrapatas, ramitas y de todo, dentro de la ropa y de los zapatos y de todo, y entonces dio la casualidad de que miré a mi alrededor y tenía la mano puesta justo encima de un manojo de hiedra venenosa.
Lo único que no lograba entender era por qué era solo hiedra venenosa y no una serpiente ni nada de eso. Así que ni me molesté en quitar la mano. Me quedé allí parado hasta que el perro se fue. Luego seguí mi camino.
No tenía la menor idea de dónde estaría el coche ahora. No podía pensar en nada más que en mi cabeza, y me quedaba parado en un sitio