Ben dejó de sollozar. Se sentó en medio del asiento, sosteniendo la flor reparada en alto con el puño, con los ojos serenos e inefables.
Justo delante de él, la cabeza de bala de Luster se volvía hacia atrás una y otra vez hasta que la casa desapareció de la vista, luego se arrimó a la orilla de la calle y, mientras Ben lo miraba, bajó y desgajó una vara de un seto.
Queenie bajó la cabeza y se puso a pacer la hierba hasta que Luster montó, le tiró de la cabeza hacia arriba y la arreó para que se pusiera en marcha de nuevo; entonces encogió los codos y, con la vara y las riendas bien alto, adoptó una postura fanfarrona totalmente desproporcionada con el trote sosegado de los cascos de Queenie y el bajo de órgano de su acompañamiento interno.
Pasaron automóviles junto a ellos, y peatones; una vez, un grupo de negros medio crecidos:
—¿Dar Luster? Whar you gwine, Luster? To de boneyard?
«Hola —dijo Luster—. No es el mismo cementerio al que van ustedes. Arre, elefante».
Se acercaron a la plaza, donde el soldado confederado contemplaba con ojos vacíos bajo su mano de mármol el viento y la intemperie. Luster se apretó aún más el cinturón y le dio un trallazo a la impermeable Queenie, echando una mirada a su alrededor por la plaza.
—Ahí ta el carro del señor Jason —dijo al divisar a otro grupo de negros—. Vamos a enseñarle a esos negros cómo se porta la gente de calidad, Benjy —dijo—, ¿qué te parece?
Miró hacia atrás. Ben estaba sentado, apretando la flor en el puño, con la mirada vacía y serena. Luster golpeó a Queenie de nuevo y la hizo girar a la izquierda junto al monumento.