Sostuvo mi reloj en la palma de su mano y me miró con su ojo empañado y febril.
—Hice una apuesta con un tipo —dije—, y esta mañana olvidé mis lentes.
—Bueno, está bien —dijo. Dejó el reloj, se incorporó a medias en su taburete y miró por encima del mostrador. Luego levantó la vista hacia la pared—. Son las vei—
—No me diga —dije—, por favor, señor. Dígame solo si alguna es correcta.
Me miró de nuevo. Se echó hacia atrás en el taburete y se subió las gafas a la frente. Le dejaron un círculo rojo alrededor del ojo y, cuando desapareció, toda su cara