—Él sabe mucho más de lo que la gente cree —dijo Roskus—. Sabía que les llegaba la hora, como el perro perdiguero ese. Él te diría cuándo le llega la suya, si pudiera hablar. O la tuya. O la mía.
—Saca a Luster de esa cama, mammy —dijo Frony—. Ese muchacho lo ha hechizado.
—Cierra la boca —dijo Dilsey—. No tienes dos dedos de frente. ¿A qué se te ocurre hacerle caso a Roskus, de todos modos? Súbete, Benjy.
Dilsey me empujó y me metí en la cama, donde Luster ya estaba. Estaba dormido. Dilsey cogió un trozo largo de madera y lo puso entre Luster y yo.
«Quédate de tu lado ahora», dijo Dilsey. «Luster es pequeño y no querrás hacerle daño».
No te puedes ir todavía, dijo T. P.
Espera.
Asomamos la esquina de la casa y vimos cómo se alejaban los carruajes.
“Ya.” Dijo T. P. Alzó a Quentin y corrimos hasta la esquina de la cerca y los vimos pasar.
“Allá va,” dijo T. P. “Mira ese que tiene el cristal adentro. Míralo. Está ahí acostado. Míralo.”
—Vamos, dijo Luster, me voy a llevar esta pelota para la casa, donde no la voy a perder. > —No, señor, no la puede tener. Si esos hombres lo ven con ella, van a decir que se la robó. Cállese ahora. No