Las luces estaban encendidas en el carro, de modo que mientras corríamos entre los árboles no podía ver nada excepto mi propia cara y a una mujer al otro lado del pasillo con un sombrero colocado justo en lo alto de la cabeza, con una pluma rota, pero cuando salimos corriendo de los árboles pude ver la penumbra de nuevo, esa cualidad de luz como si de verdad el sol se hubiera detenido un rato, suspendido justo por debajo del horizonte, y entonces pasamos junto al cobertizo donde el viejo había estado comiendo de la saca, y el camino prolongándose bajo el crepúsculo, adentrándose en el crepúsculo y con la sensación de agua apacible y rauda más allá.
Luego el carro siguió adelante, la corriente de aire aumentando sin cesar en la puerta abierta hasta que soplaba de manera constante a través del vehículo con el olor del verano y de la oscuridad salvo a madreselva.
La madreselva era el olor más triste de todos, creo. Recuerdo muchos de ellos. La glicina era uno. Los días de lluvia en que mamá no se sentía lo suficientemente mal como para alejarse de las ventanas solíamos jugar bajo ella. Cuando mamá se quedaba en la cama Dilsey nos ponía ropa vieja y nos dejaba salir bajo la lluvia porque decía que la lluvia nunca le hacía mal a la gente joven. Pero si mamá se levantaba siempre empezábamos jugando en el porche hasta que decía que hacíamos demasiado ruido, entonces salíamos a jugar bajo la pérgola de glicinas.
Aquí fue donde vi el río por última vez esta mañana, más o menos aquí. Sentía el agua más allá de la penumbra, la olía. Cuando florecía en primavera y llovía el olor estaba en todas partes uno no lo notaba tanto en otros momentos pero cuando llovía el olor empezaba a entrar en la casa al atardecer o bien llovía más al atardecer o había algo en la luz misma pero siempre olía con más fuerza entonces hasta que me quedaba en la cama pensando cuándo parará cuándo parará.