entonces un deseo furioso de no morir se apoderó de él y forcejó, oyendo al viejo sollozar y maldecir con su voz cascada.
Aún forcejeó cuando lo pusieron de pie, pero lo sostuvieron y se detuvo.
—¿Estoy sangrando mucho? —dijo—. La parte de atrás de la cabeza. ¿Estoy sangrando?
Todavía seguía diciendo eso mientras sentía que lo impulsaban rápidamente hacia adelante, y escuchaba la voz flaca y furiosa del viejo desvanecerse a sus espaldas.
—Míreme la cabeza —dijo—, espere, yo—
—Espera, diantres —dijo el hombre que lo sostenía—, esa maldita avispita te va a matar. Sigue andando. No estás herido.
«Él me pegó», dijo Jason. «¿Estoy sangrando?».
—Sigue adelante —dijo el otro. Lo guio a Jason rodeando la esquina de la estación, hasta el andén vacío donde había un camión expreso, donde el hierbajo crecía con rigidez en un arriate bordeado de flores rígidas y un letrero de luces eléctricas: No le quites el ojo a Mottson, con el hueco ocupado por un ojo humano de pupila eléctrica. El hombre lo soltó.
—Ahora —dijo—, lárgate de aquí y no vuelvas. ¿Qué estabas tratando de hacer? ¿Suicidarte?
—Estaba buscando a dos personas —dijo Jason—. Solo le pregunté dónde estaban.
—¿A quién buscas?