“Lo primero que supe fue cuando te levantaste de repente y dijiste: «¿Alguna vez tuviste una hermana? ¿La tuviste?» y cuando él dijo que no, le pegaste. Me fijé en que no parabas de mirarlo, pero parecía que no estabas prestando atención a lo que decía nadie hasta que te levantaste y le preguntaste si tenía alguna hermana.”
—Ah, estaba fanfarroneando como de costumbre —dijo Shreve—, sobre sus mujeres. Ya sabes: como hace delante de las chicas, para que no sepan exactamente qué está diciendo. Todas sus malditas indirectas y mentiras y un montón de cosas que ni siquiera tienen sentido.
Contándonos de alguna fulana con la que había quedado en verse en una sala de baile en Atlantic City y la dejó plantada y se fue al hotel y se metió en la cama y cómo se quedó ahí echado compadeciéndose de ella esperando en el muelle por él, sin él allí para darle lo que ella quería.
Hablando de la belleza del cuerpo y de los tristes fines de la misma y de lo difícil que lo tienen las mujeres, sin que haya nada más que puedan hacer excepto echarse de espaldas. Leda acechando entre los arbustos, gimoteando y sollozando por el cisne, ya ves. El hijo de puta. Yo mismo le pegaría. Solo que yo habría agarrado su maldito cesto de vino y se lo habría dado si hubiera sido yo.
“Oh —dijo Spoade—, el defensor de las damas. Bud, no solo suscitas admiración, sino horror”.
Me miró con frialdad y picardía. —Dios mío —dijo—.
—Siento haberle pegado —dije—. ¿Tengo demasiada mala cara como para volver y acabar de una vez?
—Disculpas, un cuerno —dijo Shreve—. Que se vayan al infierno. Nos vamos al pueblo.
—Debería volver para que sepan que pelea como un caballero —dijo Spoade—. Que lo muelen a palos como tal, digo.