boletín y preocupándola hasta enfermarla. ¿Qué se supone que significa todo eso?
Ella no dijo nada. Se estaba abrochando el kimono hasta la barbilla, tirando de él para ajustárselo, mirándome. Todavía no había tenido tiempo de maquillarse y su cara parecía como si la hubiera lustrado con un trapo para armas. Fui y la agarré por la muñeca.
—Qué quieres decir —le digo.
—No te importa un bledo —dice ella—. Suéltame.
Dilsey entró por la puerta. —Tú, Jason —dice.
“Lárgate de aquí, como te dije”, le digo, sin siquiera mirar atrás. “Quiero saber a dónde vas cuando te tocas la pinta en lugar de ir a la escuela”, le digo. “Andas en la calle, si no te vería. ¿Con quién andas haciendo novillos? ¿Te andas escondiendo en el bosque con alguno de esos malditos petimetres de pelo engominado? ¿Es ahí a donde vas?”
—¡Tú... tú, maldito viejo de mierda! —dice ella. Luchó, pero la retuve—. ¡Maldito viejo de mierda! —dice.
—Ya te enseñaré yo —digo—. Podrás asustar a una vieja, pero yo te enseñaré quién te ha echado el guante ahora.
La sujeté con una mano; entonces ella dejó de luchar y me miró, con los ojos cada vez más grandes y negros.
—¿Qué vas a hacer? —dice ella.
—Ya verás cuando saque este cinturón y te enseñe —digo, sacando el cinturón. Entonces Dilsey me agarró del brazo.
—Jason —dice ella—, ¡tú, Jason! ¿No te da vergüenza?
—Dilsey —dice Quentin—, Dilsey.