—Ese es el señor Jason Compson —dice—. ¡Arriba de ahí, Dan!
A una de las ruedas le faltaba poco para salirse. Me quedé mirando a ver si lograba salir del callejón antes de que se saliera. Pero claro, dale cualquier vehículo a un negro.
Yo le digo que ese viejo cacharro es solo una monstruosidad, y sin embargo lo van a dejar ahí plantado en el cocherón cien años solo para que ese muchacho pueda ir al cementerio una vez a semana. Yo le digo que él no es el primer tipo que va a tener que hacer cosas que no quiere. Yo lo haría ir en ese coche como una persona civilizada o quedarse en la casa.
Qué sabe él adónde va o en qué va, y nosotros manteniendo un carruaje y un caballo para que pueda dar un paseo el domingo por la tarde.
A Job le importaba un bledo que la rueda se saliera o no, mientras no tuviera que caminar mucho de vuelta. Como digo, el único sitio para ellos es el campo, donde tendrían que trabajar de sol a sol. No soportan la prosperidad ni un trabajo fácil.
Deja que uno ande entre blancos un tiempo y ya no vale ni lo que cuesta matarlo. Se vuelven capaces de adivinar tus intenciones con el trabajo ante tus propias narices, como Roskus, cuyo único error fue descuidarse un día y morirse.
Evasivas y robos y contestándote cada vez más y más hasta que un día tienes que tumbarlos con un cuartón o algo así. Bueno, es asunto de Earl. Pero me repugnaría que mi negocio lo anduviera pregonando por este pueblo un viejo negro chocho y un carro que cada vez que doblaba una esquina creías que se iba a hacer pedazos.
El sol ya estaba muy alto en el cielo, y por dentro empezaba a oscurecer.