Me sacudió el brazo.
—Pues, buenas tardes —dije—. Me alegro de haberlos visto a todos. Siento no haber podido estar con ustedes.
—Tú, Gerald —dijo la señora Bland—.
—Mire usted, agente —dijo Gerald.
—Les advierto que están interfiriendo con un oficial de la ley —dijo Anse—. Si tienen algo que decir, pueden ir a la casa del juez y tomar conocimiento del prisionero.
Seguimos adelante. Ya era todo un desfile, Anse y yo a la cabeza. Pude oír cómo les explicaban de qué se trataba, y a Spoade haciendo preguntas, y entonces Julio dijo algo con violencia en italiano y miré hacia atrás y vi a la niña parada en la acera, mirándome con su mirada amistosa e inescrutable.
«Vete a casa de una vez», le gritó Julio, «que te voy a dar una paliza de muerte».
Bajamos por la calle y torcimos hacia un pedazo de césped en el que, retirada de la calle, se alzaba una construcción de una sola planta de ladrillo con molduras blancas. Subimos por el caminito de piedra hasta la puerta, donde Anse detuvo a todos menos a nosotros y los hizo quedarse afuera. Entramos en una habitación despojada que olía a tabaco rancio. Había una estufa de chapa de hierro en el centro de un armazón de madera lleno de arena, y un mapa desteñido en la pared y el plano mugriento de un municipio. Detrás de una mesa rayada y llena de papeles, un hombre con un copete indómito de pelo gris acero nos miró por encima de unas gafas