—Está bien —dijo Jason—, sube.
Se hizo a un lado y el negro tomó el volante. Jason cerró los ojos. Puedo sacar algo por él en Jefferson, se dijo, acomodándose a los sacudidas, puedo sacar algo allá. Siguieron avanzando, por las calles donde la gente entraba pacíficamente a sus casas y a sus almuerzos domingueros, y salieron del pueblo. Pensaba eso. No pensaba en su casa, donde Ben y Luster estaban comiendo un almuerzo frío en la mesa de la cocina. Algo —la ausencia de desastre, de amenaza, en cualquier mal constante— le permitía olvidar Jefferson como un lugar que hubiera visto antes, donde su vida debiera reanudarse.
Cuando Ben y Luster terminaron, Dilsey los mandó afuera.
«Y fíjense si pueden dejarlo en paz hasta las cuatro. T. P. estará aquí a esa hora».
—Sí, señora —dijo Luster.
Salieron.
Dilsey almorzó y limpió la cocina. Luego fue al pie de la escalera y escuchó, pero no se oía ningún ruido.
Volvió por la cocina, salió por la puerta exterior y se detuvo en los escalones. Ben y Luster no estaban a la vista, pero mientras estaba allí oyó otro perezoso chasquido procedente de la puerta del sótano, y se acercó a la puerta y contempló una repetición de la escena de la mañana.
—Lo hizo justamente ansina —dijo Luster. Contempló la sierra inmóvil con una especie de abatimiento esperanzado—. Todavía no tengo con qué golpearla como se debe —dijo.
—Tampoco lo vas a encontrar aquí abajo —dijo Dilsey—. Llévatelo al sol. Los dos van a coger una pulmonía aquí abajo, en este suelo mojado.