Enroscó el tapón de la botella y salió. La oyeron subir las escaleras, y luego oyeron pasar a Jason en su coche frente a la casa. Entonces no hubo más sonido en la cocina que el murmullo hirviente de la tetera y el reloj.
—¿Sabes qué es lo que apuesto? —dijo Luster—. Apuesto a que la golpeó. Apuesto a que le dio en la cabeza y ahora se fue por el doctor. Eso es lo que apuesto.
El reloj hacía tic-tac, solemne y profundo. Bien podría haber sido el pulso seco de la casa en decadencia misma; al cabo de un rato zumbó, se aclaró la garganta y dio las seis. Ben lo miró, luego miró la silueta en forma de bala de la cabeza de Luster en la ventana y comenzó a menear la cabeza de nuevo, babeando. Sollozó.
—Cállate, chiflado —dijo Luster sin volverse—. Parece que hoy no vamos a poder ir a ninguna iglesia. Pero Ben se quedó sentado en la silla, con sus grandes manos blandas colgando entre las rodillas, sollozando débilmente. De repente se puso a llorar, con un bramido lento, carente de sentido y sostenido. —Cállate —dijo Luster. Se dio la vuelta y levantó la mano—. ¿Quieres que te dé una paliza? Pero Ben lo miraba, bramando lentamente con cada exhalación. Luster se acercó y lo sacudió. —¡Cállate ahora mismo! —gritó. —Toma —dijo. Sacó a Ben de la silla, arrastró la silla para que quedara frente a la estufa, abrió la puerta del hogar y empujó a Ben hacia la silla. Parecían un remolcador empujando a un petrolero torpe en un muelle estrecho. Ben se sentó de nuevo frente a la puerta arrebolada. Se calló.