—¿Por qué no va por el doctor? —dijo T. P.
—El doctor no puede hacer nada bueno —dijo Roskus—. En este lugar no.
“Qué le pasa a este lugar”, dijo T. P.
—Aquí no hay buena suerte —dijo Roskus—. Mete ese becerro si ya acabaste.
Aquí no hay suerte que valga, dijo Roskus. El fuego subía y bajaba a sus espaldas y a las de Versh, resplandeciendo en su cara y en la de Versh. Dilsey terminó de acostarme. La cama olía a T. P. Me gustaba.
—Lo que tú sabrás de eso —dijo Dilsey—. En qué nube andarás metida.
“No necesito ningún trance —dijo Roskus—. ¿Acaso la señal de eso no está tirada ahí mismo en esa cama? ¿Acaso la señal de eso no ha estado aquí para que la gente la vea desde hace quince años?”.
—Supongo que sí. —dijo Dilsey—. No le ha hecho daño a ninguno de ustedes ni a los suyos, ¿verdad? Versh trabajando, y Frony ya bien casada y fuera de tus manos, y T. P. haciéndose lo bastante grande como para ocupar tu lugar cuando el reumatismo termine de atraparte.
—Ya han sido dos —dijo Roskus—. Va a haber uno más. Yo he visto la señal, y tú también.
«Oí un autillo aquella noche», dijo T. P. «Dan tampoco quiso venir a cenar. No quiso acercarse más que al granero. Empezó a aullar justo después anochecer. Versh lo oyó».
“Van a ser más de uno más”, dijo Dilsey. “Enséñame al hombre que no se va a morir, bendito sea Jesús”.