Codal
nydus/The Sound and the FuryPublic
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Seis de abril de 1928

—No he tenido tiempo —dice Luster—. No hay nadie que lo cuide hasta que mami termine en la cocina.

—Sí —digo—, mantengo a toda una maldita cocina llena de negros para que anden detrás de él, pero si quiero que le cambien un neumático al auto, tengo quehacerlo yo mismo.

“No he tenido con quién dejarlo”, dice.

Luego comenzó a gemir y babear.

—Llevadlo a la parte de atrás —le digo—. ¿Qué diablos os impulsa a querer tenerlo por aquí donde la gente pueda verlo?

Los hice seguir, antes de que empezara a bramar de verdad. Bastante malo es los domingos, con ese maldito campo lleno de gente que no tiene un circo ambulante ni seis negros que mantener, golpeando una maldita bola de naftalina gigantesca. Va a seguir corriendo de arriba abajo por esa valla y bramando cada vez que aparezcan a la vista hasta que, a la primera de cambio, empiecen a cobrarme la cuota del golf; entonces mamá y Dilsey van a tener que conseguir un par de pomos de porcelana y un bastón y saldarlo trabajando, a menos que juegue de noche con un farol. Entonces tal vez nos mandarían a todos a Jackson. Dios sabe que celebrarían las fiestas patronales si eso llegara a pasar.

Volví al garaje. Ahí estaba el neumático, recostado contra la pared, pero maldita sea si iba a ponérselo. Di marcha atrás y di la vuelta. Ella estaba de pie junto al camino de entrada. Le digo,

“Sé que no tienes ningún libro: solo quiero preguntarte qué hiciste con ellos, si es que me importa. Claro que no tengo ningún derecho a preguntar”, digo, “solo soy el que pagó 11,65 dólares por ellos el pasado septiembre”.

“Mamá compra mis libros”, dice. “No hay ni un centavo de tu dinero en mí. Antes me muero de hambre”.

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