retaguardia, derribando a la Omnipotencia de su trono, de ser necesario; en las legiones encarnizadas tanto del infierno como del cielo a través de las cuales se abría paso a tirones para poner por fin sus manos sobre su sobrina
El viento soplaba del sureste. Le soplaba constantemente en la mejilla. Le parecía que podía sentir el soplido prolongado de este hundiéndose en su cráneo y de pronto, con una vieja corazonada, pisó los frenos, se detuvo y se quedó completamente quieto.
Luego se llevó la mano al cuello y comenzó a maldecir, y se quedó sentado allí, maldiciendo en un susurro áspero.
Cuando tenía que conducir durante un buen rato, se fortificaba con un pañuelo empapado en alcanfor, que se ataba alrededor de la garganta una vez fuera del pueblo, inhalando así los vapores, y bajó y levantó el cojín del asiento por si acaso hubiera alguno olvidado allí.
Miró debajo de ambos asientos y se quedó de pie un rato más, maldiciendo, viéndose a sí mismo burlado por su propio triunfo. Cerró los ojos, apoyándose en la puerta. Podía regresar y buscar el alcanfor olvidado, o podía continuar. En cualquiera de los dos casos le estallaría la cabeza, pero en su casa podía estar seguro de encontrar alcanfor un domingo, mientras que si seguía no podía estar seguro.
Pero si volvía, tardaría una hora y media más en llegar a Mottson.
«Tal vez pueda conducir despacio —dijo—. Tal vez pueda conducir despacio, pensando en otra cosa...»
Él subió y puso el motor en marcha. > «Se me ocurrirá otra cosa», dijo, así que pensó en Lorraine. Se imaginó en la cama con ella, solo que