—¿Me dejas verlo? —dice ella—. Solo quiero mirarlo. Diga lo que diga, no pediré más de diez dólares. Quédate con el resto. Solo quiero verlo.
—Después de cómo te has estado portando, no —digo yo—. Tienes que aprender una cosa, y es que cuando te mando hacer algo, tienes que hacerlo. Firma con tu nombre en esa línea.
Ella cogió el bolígrafo, pero en vez de firmar se quedó allí de pie, con la cabeza gacha y el bolígrafo temblando en la mano. Igual que su madre.
«Ay, Dios», dice, «ay, Dios».
—Sí —digo yo—, eso es algo que tendrás que aprender, aunque no aprendas nada más. Fírmalo ahora y vete de una vez de aquí.
Ella lo firmó.
«¿Dónde está el dinero?», dice.
Tomé la orden, la sequé con secante y la guardé en el bolsillo. Luego le di los diez dólares.
—Ahora te vuelves a la escuela esta tarde, ¿oyes? —le digo.
Ella no contestó. Arrugó el billete en la mano como si fuera un trapo o algo así y salió por la puerta principal justo cuando entraba Earl.
Un cliente entró con él y se detuvieron adelante. Recogí las cosas, me puse el sombrero y fui hacia adelante.
—¿Has estado muy ocupado? —dice Earl.
—No mucho —le digo. Él miró hacia la puerta.
—¿Es ese su carro de aquel lado? —dice—. Más le vale que no intente irse a almorzar a su casa. Es probable que tengamos otra avalancha justo