¡Entonces, he aquí, hermanos! ¡Sí, hermanos! ¿Qué veo? ¿Qué veo, oh pecador? Veo la resurrección y la luz; veo al manso Jesús diciendo Me mataron para que volváis a vivir; morí para que aquellos que ven y creen no mueran jamás. ¡Hermanos, oh hermanos! ¡Veo la sentencia quebrarse y escucho las trompetas de oro pregonando la gloria, y a los muertos resucitados que llevan la sangre y el recuerdo del Cordero!”
En medio de las voces y las manos Ben estaba sentado, absorto en su dulce mirada azul. Dilsey se sentaba muy erguida a su lado, llorando rígida y silenciosamente en el recocimiento y la sangre del Cordero recordado.
Mientras caminaban bajo el brillante mediodía, por el camino de arena con la congregación dispersa conversando de nuevo con naturalidad de grupo en grupo, ella siguió llorando, ajena a la charla.
“¡Vaya que es un predicador, hombre! ¡No parecía gran cosa al principio, pero shh!”
“Él vio er poder y la gloria.”
“Sí, señor. Lo vio. Cara a cara lo vio”.
Dilsey no hizo ningún ruido, su rostro no se estremeció mientras las lágrimas seguían sus cursos hundidos y tortuosos, caminando con la cabeza en alto, sin hacer ningún esfuerzo siquiera por secárselas.
—¿Por qué no dejas eso, mammy? —dijo Frony—. Con toda esta gente mirando. Pronto pasaremos junto a blancos.
“He visto el primero y el último —dijo Dilsey—. No te preocupes por mí”.
—¿Primero y último qué? —dijo Frony.