“Jason”, llamó a través de la puerta. No hubo respuesta. Probó el picaporte y volvió a llamarlo. Pero seguía sin haber respuesta, pues él estaba arrojando cosas hacia atrás desde el armario: prendas, zapatos, una maleta.
Luego salió cargando un trozo cortado de tabla machihembrada y lo dejó en el suelo y volvió a entrar en el armario y salió con una caja metálica.
La puso sobre la cama y se quedó mirando la cerradura rota mientras sacaba un llavero del bolsillo y elegía una llave, y un rato más se quedó con la llave elegida en la mano, mirando la cerradura rota, luego volvió a guardar las llaves en el bolsillo y con cuidado volcó el contenido de la caja sobre la cama.
Aún con cuidado clasificó los papeles, tomándolos de uno en uno y sacudiéndolos. Luego puso la caja boca abajo y la sacudió también y lentamente volvió a colocar los papeles y se quedó de nuevo, mirando la cerradura rota, con la caja en las manos y la cabeza inclinada.
Fuera de la ventana oyó a unos arrendajos girar chillando al pasar y alejarse, sus gritos azotados por el viento, y un automóvil pasó por alguna parte y se apagó también.
Su madre volvió a decir su nombre más allá de la puerta, pero él no se movió. Oyó que Dilsey se la llevaba pasillo arriba, y luego una puerta se cerró.
Luego volvió a colocar la caja en el armario y arrojó las prendas de nuevo dentro y bajó las escaleras para usar el teléfono. Mientras estaba allí de pie con el auricular en la oreja, esperando, Dilsey bajó por las escaleras. Lo miró, sin detenerse, y siguió su camino.
Se abrió la línea.