—Qué va a despejar ni qué niño muerto —dijo Jason—, a las doce estará diluviando.
Miró el cielo, pensando en la lluvia, en los resbaladizos caminos de arcilla, en sí mismo atascado a millas del pueblo. Pensaba en ello con una especie de triunfo, en el hecho de que se perdería el almuerzo, de que al salir ahora y dar así rienda suelta a su compulsión por la prisa, estaría a la mayor distancia posible de ambos pueblos cuando llegara el mediodía. Le parecía que, en esto, las circunstancias le estaban dando un respiro, así que le dijo al negro:
“¿Qué demonios estás haciendo? ¿Te ha pagado alguien para tener este carro parado aquí todo el tiempo que puedas?”
—Este neumático no tiene nada de aire, carajo —dijo el negro.
—Pues lárgate de ahí a toda hostia y déjame ese tubo a mí —dijo Jason.
—Ya puede subir —dijo el negro, poniéndose de pie—. Ya puede montar.
Jason se subió, arrancó el motor y se puso en marcha. Metió segunda, con el motor rateando y tosiendo, y lo aceleró a fondo, pisando el acelerador a tope y sacando y metiendo el estrangulador con violencia. > «Va a llover», dijo. «Llévame hasta la mitad del camino y que llueva a cántaros». Y siguió conduciendo, alejándose de las campanas y del pueblo, pensando en sí mismo caminando con esfuerzo por el fango, en busca de una yunta. > «Y todos y cada uno de ellos estarán en