pliegues. Pero les era familiar, y por eso las cabezas seguían vueltas hacia atrás cuando hubo pasado, y no fue hasta que el coro dejó de cantar que se dieron cuenta de que el clérigo visitante ya había entrado, y cuando vieron al hombre que había precedido a su ministro entrar al púlpito todavía delante de él, se elevó un sonido indescriptible, un suspiro, un sonido de asombro y decepción.
El visitante era de baja estatura, con un raído abrigo de alpaca. Tenía una cara negruzca y reseca, como la de un mono pequeño y anciano. Y todo el tiempo que el coro volvió a cantar y mientras los seis niños se levantaban y cantaban en susurros delgados, atemorizados y desafinados, observaron al hombre de aspecto insignificante, empequeñecido y pueblerino junto a la imponente mole del ministro, con algo parecido a la consternación. Todavía lo miraban con consternación e incredulidad cuando el ministro se levantó y lo presentó con un tono rico y resonante cuya