me puse a llorar. > Idiota, dijo Mrs. Patterson, le dije que nunca volviera a mandarte solo. Dámela. Rápido. Mr. Patterson vino de prisa, con la azada. Mrs. Patterson se inclinó sobre la valla, estirando la mano. Intentaba trepar la valla. * Dámela, dijo, Dámela. Mr. Patterson trepó la valla. Cogió la carta. El vestido de Mrs. Patterson se quedó enganchado en la valla. Le vi los ojos otra vez y eché a correr
—Aquí no hay nada más que casas —dijo Luster—. Vamos a bajar al arroyo.
Estaban lavando en el arroyo. Una de ellas cantaba. Podía oler la ropa flameando y el humo cruzando el arroyo.
—Tú quédate aquí abajo —dijo Luster—. No tienes nada que hacer allá arriba. Esa gente te va a pegar, seguro.
“Qué es lo que quiere hacer.”
—Él no sabe qué es lo que quiere hacer —dijo Luster—.
—Él se cree que quiere ir allá arriba donde están dándole a esa pelota. Siéntate aquí a jugar con tus estramonios. Mira a esos muchachos jugando en el arroyo, ya que tienes que mirar algo. Cómo será que no puedes portarte como la gente.
Me senté en la orilla, donde estaban lavando, y el humo soplando azul.