Bien entrado el después, aunque habíamos pasado por donde él seguía remando río arriba majestuoso ante los dios dioses. Mejor. Dioses. Dios también sería canaille en Boston, en Massachusetts. O tal vez simplemente no fuera marido. Los remos mojados guiándolo con guiños brillantes y palmas femeninas. Adulantes. Adulantes si no fuera marido ignoraría a Dios. Ese bribón, Caddy El río se fue centelleando más allá de una curva en picada.
Estoy enfermo tendrás que prometer
¿Cómo que estás enfermo?
Me siento mal por no poder preguntarle a nadie todavía, prométeme que tú lo harás
Si necesitan algún cuidado es por tu culpa cómo vas a estar enfermo
Bajo la ventana podíamos oír el coche que salía hacia la estación, el tren de las 8:10. Para traer de vuelta a unos primos. Cabezas. Multiplicándose cabeza por cabeza pero no barberos. Chicas de manicura. Tuvimos un caballo de pura sangre una vez. En la caballeriza sí, pero bajo el cuero un bellaco.
Quentin ha disparado a todas sus voces a través del suelo de la habitación de Caddy
El coche se detuvo. Bajé, en medio de mi sombra. Un camino cruzaba la vía. Había un cobertizo de madera con un viejo comiendo algo de una bolsa de papel, y luego el coche también quedó fuera de alcance. El camino se adentraba en los árboles, donde habría sombra, pero el follaje de junio en Nueva Inglaterra no era mucho más espeso que el de abril en mi casa de Misisipi. Pude ver una chimenea de fábrica. Le di la espalda, pisoteando mi sombra en el polvo.