Cuando la sombra de la ventana apareció en las cortinas eran entre las siete y las ocho y entonces volví a estar en el tiempo, al oír el reloj.
Era el de mi abuelo y cuando papá me lo dio dijo, Quentin, te entrego el mausoleo de toda esperanza y deseo; resulta sumamente atinado que vayas a usarlo para alcanzar el reductio ad absurdum de toda experiencia humana que no puede ajustarse a tus necesidades individuales mejor de lo que se ajustó a las suyas o a las de su padre.
Te lo entrego no para que recuerdes el tiempo, sino para que lo olvides de vez en vez por un momento y no gastes todo tu aliento intentando conquistarlo. Porque ninguna batalla se gana jamás, dijo. Ni siquiera se libran. El campo solo le revela al hombre su propia locura y su desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos y de necios.
Estaba apoyado contra la caja de los cuellos y me quedé allí tendido escuchándolo. Oyéndolo, más bien. Supongo que nadie escucha un reloj de pulsera o de pared a propósito. No hace falta.
Uno puede ignorar el sonido durante un buen rato, y de repente, en un segundo de tictac, crear en la mente, sin interrupción, el largo y menguado desfile del tiempo que no habías oído.
Como decía el padre, a lo largo de los largos y solitarios rayos de luz uno podría ver a Jesús caminando, por decirlo así. Y al buen san Francisco que le decía la Hermanita Muerte, él que nunca había tenido una hermana.
A través de la pared oí los muelles de la cama de Shreve y luego sus zapatillas deslizándose por el suelo. Me levanté y fui hacia la cómoda y