«Ju», dijo. «Largo otra vez al infierno, que es a donde pertenecéis. Todavía no es
Se cargó monstuosamente de leña para la estufa. No alcanzaba a ver por encima de ella, tambaleó hasta los escalones, los subió y tropezó chocando contra la puerta, derramando leños.
Entonces Dilsey vino y le abrió la puerta y él dio tumbos por la cocina.
—¡Tú, Luster! —gritó ella, pero él ya había arrojado la leña al cajón con un estruendo atronador.
—¡Ajá! —dijo.
—¿Estás tratadon de despertar a toda la casa? —dijo Dilsey—. Le dio un golpe en la nuca con la palma de la mano—. Sube ahí y vísteme a Benjy, anda.
—Sí, señora —dijo—. Se encaminó hacia la puerta exterior.
—¿Pa' dónde vas? —dijo Dilsey.
“Pensé que era mejor dar la vuelta a la casa y entrar por el frente, para no despertar a la señorita Cahline y a los demás”.
—Sube por la escalera de atrás como te dije y ponle la ropa a Benjy —dijo Dilsey—. Anda, vete ya.
—Sí, señora —dijo Luster. Regresó y salió por la puerta del comedor. Al cabo de un rato dejó de batir. Dilsey se dispuso a hacer bizcochos. Mientras tamizaba con firmeza sobre la tabla de amasar, canturreaba, al principio para sus adentros, algo sin ton ni son ni palabras particulares, repetitivo, fúnebre y