“No me mientas, muchacho”, dijo Dilsey.
Subimos los escalones y entramos en la cocina. Dilsey abrió la puerta del hogar y acercó una silla frente a ella y me senté. Me callé.
—Pa’ qué la querés alborotar, dijo Dilsey. Por qué no lo apartaste de ahí.
Él solo estaba mirando el fuego, dijo Caddy. Mamá le estaba diciendo su nombre nuevo. No quisimos hacerla empezar.
—Yo sé que no lo hiciste —dijo Dilsey.
Él en una punta de la casa y ella en la otra.
Deja mis cosas en paz, ahora. No toques nada hasta que vuelva.
—No te da vergüenza —dijo Dilsey—. Andar molestándolo.
Dejó el pastel sobre la mesa.
—Yo no lo andaba molestando —dijo Luster—. Estaba jugando con esa botella llena de manzanilla loca y de repente se largó a berrear. Usted lo oyó.
—No le has hecho nada a sus flores —dijo Dilsey.
—Yo no he tocado su cementerio —dijo Luster—. Qué voy a querer su camión. Yo solo estaba buscando esa moneda de veinticinco centavos.
—Lo perdiste, ¿verdad? —dijo Dilsey—. Encendió las velas del pastel. Algunas eran pequeñas. Otras eran grandes cortadas en pedazos pequeños. —Te dije que fueras a guardarlo. Ahora supongo que quieres que te consiga otro donde Frony.
—Tengo que ir a esa función, con Benjy o sin Benjy —dijo Luster—. No voy a estar detrás de él día y noche también.