Ella envolvió la tela alrededor.
La madre dijo,
“¿Y ahora qué pasa. Ni enferma puedo estar en paz. Tengo que levantarme de la cama para bajar a verle, con dos negros grandes para que lo atiendan”.
—Ya está bien —dijo Dilsey—. Ya va a dejar de llorar. Se quemó un poco la mano, nada más.
—Con dos negros grandes, tienes que meterlo a la casa, berreando —dijo mamá—. Lo hiciste enojar a propósito, porque sabes que estoy enferma.
Ella vino y se detuvo a mi lado. —Calla —dijo—. Ahora mismo. ¿Le diste este pastel?
“Lo compré”. Dijo Dilsey. “No salió de la despensa de Jason. Le arreglé su cumpleaños”.
—¿Quieres envenenarlo con ese pastel barato de tienda? —dijo mamá—. ¿Es eso lo que estás tratando de hacer. No voy a tener nunca un minuto de paz.
—Vuelve a subirte y acuéstate —dijo Dilsey—. En un minuto dejará de arderle y se callará. Anda, vamos.
“Y dejarlo aquí abajo para que ustedes le sigan haciendo cosas”. Dijo Madre.
“Cómo voy a estar acostada ahí arriba, con él chillando aquí abajo. Benjamín. Cállate en este mismo instante”.
“No hay otro lugar a donde llevarlo —dijo Dilsey—. No tenemos el espacio que solíamos tener. No puede quedarse afuera en el patio,