por mí misma. Prometiste que me avisarías cuando necesitara cosas. Esperaré noticias tuyas antes del 10. No, será mejor que me envíes un telegrama de inmediato. Estás abriendo mis cartas dirigidas a ella. Lo sé tan bien como si te estuviera mirando. Será mejor que me envíes un telegrama de inmediato sobre ella a esta
Por ese entonces Earl empezó a gritarle a Job, así que los guardé y fui a ver si lograba infundirle algo de vida. Lo que este país necesita es mano de obra blanca. Que se mueran de hambre estos malditos negros inútiles un par de años, para que vean la vida tan fácil que tienen.
Rumbo a las diez me fui hacia adelante.
Había allí un viajante. Faltaban un par de minutos para las diez, y lo invité a subir la calle a tomar una coca-cola. Nos pusimos a hablar de las cosechas.
“No tiene ningún misterio”, digo yo, “El algodón es el cultivo de un especulador. Le llenan la cabeza de pájaros al agricultor y consiguen que produzca una gran cosecha para hacer piruetas con ella en el mercado, para desplumar a los tontos.
¿Crees que el agricultor saca algo en limpio de todo esto aparte de la nuca colorada y la chepa? ¿Crees que el hombre que suda para meterlo en la tierra se lleva un mísero centavo más que para malvivir?”, digo yo. “Que saque una gran cosecha y no valdrá la pena ni pizcarla; que saque una cosecha pequeña y no tendrá suficiente para desmotar. ¿Y para qué? Para que un puñado de malditos judíos del este, no hablo de los hombres de la religión judía”, digo yo, “he conocido a algunos judíos que eran excelentes ciudadanos. Puede que tú mismo seas uno”, digo yo.