siquiera tienes hogar. > «Si quieres darle dinero», le digo, «se lo mandas a mamá, no se lo estés dando a ella. Si tengo que correr este riesgo cada pocos meses, tendrás que hacer lo que digo, o se
Y justo cuando me disponía a empezar con ello porque si Earl creía que iba a salir corriendo calle arriba y zamparme veinticinco centavos de indigestión por su culpa iba aviado.
Puede que no esté sentado con los pies en un escritorio de caoba, pero a mí me pagan por lo que hago dentro de este edificio y si no consigo llevar una vida civilizada fuera de él, me iré a donde pueda. Puedo valerme por mí mismo; no necesito el escritorio de caoba de ningún hombre para sostenerme.
Así que justo cuando me disponía a empezar tenía que dejarlo todo y salir corriendo a venderle a cualquier paleto diez centavos de clavos o lo que fuera, y el tal Earl ahí arriba zampándose un sándwich y a mitad de camino de vuelta ya, con toda probabilidad, y entonces descubrí que se habían acabado todos los impresos. Me acordé entonces de que había tenido la intención de conseguir más, pero ya era demasiado tarde, y entonces alcé la vista y ahí venía Quentin. Por la puerta trasera. La oí preguntarle al viejo Job si yo estaba ahí. Apenas tuve tiempo de meterlos en el cajón y cerrarlo.
Se acercó al escritorio.
Miré mi reloj.
—¿Ya has cenado? —digo—. Apenas son las doce; acabo de oír dar las campanadas. Debes de haber volado de ida y vuelta.