En el Sur uno se avergüenza de ser virgen. Muchachos. Hombres. Mienten al respecto. Porque para las mujeres significa menos, decía padre. Decía que fueron los hombres quienes inventaron la virginidad, no las mujeres. Padre decía que es como la muerte, solo un estado en el que los demás se quedan y yo dije, Pero creer que no importa y él dijo, Eso es lo triste de cualquier cosa: no solo la virginidad, y yo dije, Por qué no pude ser yo y no ella la no virgen y él dijo, Por eso también eso es triste; nada vale siquiera la pena de cambiarlo, y Shreve dijo que si tiene más cabeza que para ir tras las sucias putillas y yo dije ¿Alguna vez tuviste una hermana? ¿La tuviste? ¿La tuviste?
Spoade estaba en medio de ellos como un galápago en una calle llena de hojas secas que se arremolinaban, el cuello levantado hasta las orejas, avanzando a su habitual paso sin prisas.
Era de Carolina del Sur, alumno de último año. Su club se vanagloriaba de que nunca había corrido hacia la capilla, de que jamás había llegado a tiempo, de que nunca había faltado en cuatro años y de que jamás había asistido ni a la capilla ni a la primera clase con una camisa en la espalda y calcetines en los pies.
Alrededor de las diez entraba en el Thompson’s, pedía dos tazas de café, se sentaba, se sacaba los calcetines del bolsillo, se quitaba los zapatos y se los ponía mientras el café se enfriaba.
Alrededor del mediodía se le veía con camisa y cuello almidonado, como cualquier otro. Los demás lo adelantaban corriendo, pero él no aceleraba el paso en absoluto.
Al cabo de un rato el patio estaba vacío.
Un gorrión cruzó oblicuamente la luz del sol, hacia el alféizar de la ventana, y me inclinó la cabeza. Su ojo era redondo y brillante.