—¿Y a quién más va a pertenecer? —dice Dilsey—. ¿Quién más la va a criar sino yo? ¿Acaso no los he criado a todos ustedes?
—Y te quedó un trabajo de puta madre —digo—. De todos modos, ahora le dará algo por lo que preocuparse de verdad.
Así que bajamos la cuna y Dilsey se dispuso a montarla en su viejo cuarto. Entonces Madre empezó de verdad.
—Guarda silencio, señorita Cahline —dice Dilsey—, vas a despertarla.
—¿Ahí dentro? —dice mamá—. ¿Contaminarse con esa atmósfera? Bastante difícil va a ser tal como están las cosas, con la herencia que ya carga encima.
«Silencio —dice el padre—, no digas tonterías».
—Por qué no va a dormir aquí —dice Dilsey—, en el mismo cuarto adonde acostaba a su mamá todas las noches de su vida desde que tuvo edad para dormir sola.
—No sabes —dice mamá—, lo que es tener a mi propia hija repudiada por su marido. Pobre criatura inocente —dice, mirando a Quentin—. Jamás sabrás el sufrimiento que has causado.
—Silencio, Caroline —dice papá.
—¿Pa qué te pones a hacerle así a ese Jason, ve? —dice Dilsey.
—He intentado protegerlo —dice mamá—. Siempre he intentado protegerlo de eso. Al menos puedo hacer todo lo posible por escudarla a ella.
—¿Cómo va a hacerle daño a ella dormir en este cuarto, me gustaría saber? —dice Dilsey.