—¡Sí, señor! —dijo Luster. Tomó las riendas y golpeó a Queenie con el extremo de estas—. ¡Arre! ¡Arre, vieja! ¡Benjy, por el amor de Dios!
La voz de Ben rugía y rugía.
Queenie volvió a moverse, sus patas empezaron a resonar de nuevo con un clop-clop constante, y al instante Ben calló.
Luster miró rápidamente por encima del hombro y luego siguió adelante.
La flor rota pendía sobre el puño de Ben y sus ojos volvieron a estar vacíos, azules y serenos mientras la cornisa y la fachada fluían de nuevo suavemente de izquierda a derecha; poste y árbol, ventana y puerta, y letrero, cada cual en su ordenado lugar.